MY PLAYLIST

sábado, 9 de agosto de 2008

El portador del cándil

Nunca imaginaste que la luz de tu candil acabaría extinguiéndose. Solo aquellos que la portan tienen la seguridad suficiente para proteger su luz.


Te conocí en la noche, cuando algunos duendes sobre la pérdida de mis alas susurraban; me sentí tan perdido y confundido, que no sabía si en este mundo entre el infierno o la tierra me hallaba.

Y tu luz dilató mis pupilas hasta tal punto que creí confundirte con un ángel y pensé que era una pesadilla de la que me acababa de despertar pero que seguía en el mismo cielo del que creía que había caído y con ello perdido mis alas.

Acepté la realidad y cada noche me acercaba a ti, pues la luz de tu candil brillaba tanto como la palidez de la luna y el séquito de sus estrellas hasta la llegada del alba.


Descubrí que eras un emisario, un guardián de la noche, a los que la luna otorgaba cierto privilegio y poderes para resguardar en la tierra su magia. El universo es demasiado inmenso para el conocimiento humano y alberga más misterios que las vidas de mil hombres intercaladas.

Me sentí pequeño, mas no te envidié, porque aunque tu alumbrabas, ambos teníamos el don de reconocer magia donde otros no veían nada. Una de nuestras noches juntos te pregunté cómo lograbas mantener esa luz viva, y me dijiste que no teniendo miedo a nada, ni siquiera a la muerte, el miedo más grande que quien lo tiene, jamás la luz en el candil podría portarla.


Por unas cosas u otras, tuve que partir de tu lado, nuestros caminos tuvieron que separarse. No me crucé con ningún portador de luz y sin embargo, casi un año después, el destino o puede que la luna, para bien o para mal, intervinieron e se involucraron con su presencia.

Una de mis tantas noches sin ti, en las que caminaba por caminos de zarzas y espinas, donde mis pies sangraban como si al pisar miles de cristales rotos que no veía se me clavaban, perdí la noción del tiempo y noté que mi mano brillaba. El camino taciturno que en mis travesías nocturnas recorría, dejó de parecer tan sombrío y oscuro. Me percaté de que había un candil a un lado de mi sendero y al cogerlo, se prendió en la vela una llama.
Miré a la luna pero no me dijo nada, lo intenté de nuevo con las estrellas, y el silencio volví a tener como respuesta frustrada. Pensé en mi viejo amigo y de repente un lucero me contestó estas palabras:
-Puede que tal vez os reunáis, puede que sea hoy o sea mañana, pero él no porta ya el candil, al igual que otros, que con el tiempo no estaban igual de capacitados como el primer día que fueron elegidos para portar la llama.
-No puede ser, él mas que nadie era digno de portarla. Algo habrá de haber sucedido…
-Tu amigo empezó a temer a la muerte, porque antes si le abrazaba no perdía nada. Pero en estas ultimas noches del mes, empezó a añorarte más de lo que querría, más de lo que esperaba. Temía no haberte dicho lo que tanto necesitaba, temía irse de este mundo sin que antes te reconociera esos sentimientos que tú escucharías y entenderías cuando en palabras te hablara.
-No lo entiendo, yo tengo también miedo a la muerte, no soy digno de poder portarla.
-Pero tú aunque la temes, has sabido exteriorizar todo aquello que sentías, no te lo guardaste para dentro ni lo negabas. Ocultar, negar o reprimir sentimientos, cuando llega el final, es lo que alimenta el miedo, siendo el remordimiento su más fiel consejero. Si se presentara aquí ahora mismo la muerte y hacia ti se aproximara, en tu caso no la temerías, porque te irías de este mundo sabiendo que has hecho todo aquello que tu corazón te mandaba.

No debería

No sabría que decirte si volviera a tenerte frente a mi, después de un año y medio, sin vernos, sin rozarnos, sin tocarnos, sin besarnos…

No sabría que hacer de la misma manera en que ayer me quedé con la mente en blanco vislumbrando a lo lejos un horizonte desdibujado y un futuro sin cimientos lo suficientemente fuertes para sostener una vida sin ti.
Me miro al espejo, y recuerdo la última vez que lo hice en tu habitación, el reflejo es casi el mismo, sin embargo la mirada es distinta en cuanto a sentimientos, esclava de una melancolía absoluta de la que conseguí liberarme con el paso del tiempo.
Aunque me empeñe, mi alma puede avivar calor cuando ante mi te presentes de nuevo, puede que hasta mis ojos derramen alguna inocente lágrima de la emoción de reconocer aquel que en mi ahora ya solo es recuerdo, puede incluso que me quede sin voz, y el silencio sea mi enemigo por no poder demostrarte que no soy tan frío como debería serlo.
Y ya no es mecerme entre el regazo del odio y del rencor en los que me deje caer un día, pues tanto movimiento marea lo que nunca debe morir y que llevo dentro, no hace falta ya fingir o negar algo que antes estabas seguro de que podía sentirlo, mas bien ahora puedo levantarme y soportar el momento, porque ahora te has dado cuenta de que me quieres contigo, aunque ahora más te duele no saber como hubiera sido juntos vivirlo, en todo caso preferirías mil veces añorarlo y no encontrarte en este estado en el que no será ya posible, en el que no quieres reconocer que me has perdido.

LA INCERTIDUMBRE


El camino bajaba y se bifurcaba,entre las ya confusas praderas”
(JL Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan,1941)


Siempre tengo mayormente en mi pensamiento la palabra “esperanza” y “soledad”, y sin embargo, se me olvida confesar que la que quizá mas todos compartamos sea la “incertidumbre”.

Si certeza y certidumbre (según el Diccionario de la RAE) es “conocimiento seguro y claro de algo”, la incertidumbre es la “falta de certeza o certidumbre”. La incertidumbre se corresponde con la situación que describe la palabra griega amphibolía (compuesta de amphi, “a ambos lados” y ballo, “yo echo”) en la que alguien que camina por un real o teórico sendero borgiano que de pronto se bifurca, ha de decidir hacia donde dirigir sus pasos y, si no resuelve su duda, exclama: “¡no sé por donde tirar!”.

Ya sea porque no sepamos que decisión tomar ante determinadas opciones que se plantean (acrecentadas por miedo a no acertar o por inseguridad), ya sea porque no sabemos lo que otra persona siente hacia nosotros (acrecentadas por falta autoestima, cierto miedo al rechazo y/o la incapacidad de asumir la realidad apegandose al mundo imaginario donde todo está a tu gusto) o porque lo que esperamos tiene su respuesta (pero la impaciencia se encarga de sumergirnos en ella): la incertidumbre está presente tan presente en nuestra vida cotidiana como el aire que respiramos.